Es como si te sacasen de un mar de gente y del impulso de la vida diaria, para ponerte en una caja. Eres tan chiquito, que no puedes brincar las paredes de la caja para volver a retomar lo que pensabas que era normal. Así me sentí, cuando me dieron mi diagnóstico de TLP.
Quien diga que a los treinta tienes la vida resuelta y que ya prácticamente la historia de tu vida está contada, se equivoca. No esperaba que, a mis treinta años, terminara en el psiquiatra y con un botecito de pastillas a lado de mi escritorio.
¡Ah, sí, lo olvidaba! Estoy contándote mi historia y mi día a día, desde el anonimato, porque aún no me siento listo, para salir a gritarle al mundo que tengo un trastorno de la personalidad. De hecho, hasta ahora no estoy seguro de si tengo que contárselo a la gente más cercana.
Entonces, te pido que entiendas por qué escribo esto con una bolsa de papel en la cabeza. Lo único que sí te puedo asegurar, es que todas las palabras que saldrán de estos textos, son palabras honestas y desde lo profundo de mi ser.
¡Qué chistoso que todo comenzara en el vacío! Hace como cinco años sentía, y siento todavía un gran vacío. Es como si no supiera qué estoy haciendo aquí, por momentos me preguntaba —¿Qué sentido tiene que esté vivo? No podía creer que la vida nada más fuera, ir al trabajo y a la casa, siempre me siento vacío pensando que hay algo más. Te recomiendo saltarte la etapa, de sentirte insatisfecho y vacío. ¡No está padre!
Además del sentimiento de vacío eterno, comenzó una etapa en la que cada determinado tiempo cambiaba de pasatiempos. Un día quería aprender a cantar, al otro día quería aprender a hacer galletas, y al tercero me emocionaba porque tenía ganas de aprender a patinar sobre hielo. No creas que solamente era un cambio de pasatiempo. Te cuento que hay un problemita de regulación emocional y de pensamientos en los que somos del #ClubTLP; más adelante te contaré con más detalle.
Por un tiempo, pensé que el problema de cambiar de pasatiempos obedecía a que, ahora que soy adulto, trataba de llenar mis frustraciones y sueños de niño. Pero gracias a mi psiquiatra, sé que no es así.
No voy a recorrer todo el cuadro de síntomas del TLP, pero aunque parezca sacado de una tragedia, en mi adolescencia pasé por episodios en los que me cortaba (¡Y no, no pienses que lo hice porque era emo!).
No estás para saberlo, pero hasta pasé por los desórdenes alimenticios y ni hablar de la impulsividad; que en mi caso fue en mi manera de gastar. Por suerte no estoy en bancarrota.
Hoy sé que tengo TLP y lo único bueno (hasta el momento) es que sé qué me está pasando. Sin embargo, el que tenga un diagnóstico no hace las cosas más fáciles. Todo se ha tornado complicado y hay días en los que mis emociones quieren cooperar; sin embargo, hay otros en los que siento que termino el día de puro milagro.
La idea de escribir todo esto, a modo de diario, es compartir mi historia para que me sirva a modo terapia. No pretendo cambiar la historia de nadie, ni tampoco quiero dar consejos a nadie. Todo lo que yo escribo aquí, viene de mi experiencia, de mi sentir y de mi día a día.
Si tú estás leyendo esto y eres parte del club de lo que nos duele vivir, recuerda que con un día a la vez es suficiente.



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